Recomendaciones de los movimientos de Lenguaje Claro

En este espacio comparto reflexiones y experiencias sobre la Comunicación Clara, con un enfoque práctico.

2/10/20264 min read

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El movimiento de lenguaje claro tiene más de cuatro décadas de historia. Sus raíces se encuentran en los países anglosajones, donde comenzaron a cuestionarse los efectos negativos que la jerga administrativa, las fórmulas técnicas y la ambigüedad tenían sobre la ciudadanía. En 1979, en el Reino Unido, nació la Plain English Campaign, con el objetivo de luchar contra lo que ellos mismos llamaron gobbledygook (palabrería incomprensible), la jerga especializada y la información pública confusa. En paralelo, en Estados Unidos se desarrolló la Plain Language Action and Information Network (PLAIN), que desde mediados del siglo XX trabaja para que los documentos de organismos públicos y empresas se redacten de forma tan clara que los lectores puedan entenderlos a la primera lectura. Estas iniciativas, que pronto se extendieron a otros países, se han concretado en conferencias, programas de formación, asesoramiento a organismos públicos y privados, y reconocimientos a las buenas prácticas. Entre sus logros más destacados está la aprobación en Estados Unidos de la Plain Writing Act de 2010, una ley que obliga a la administración federal a redactar de forma clara. Aun así, como reconocen los defensores de este movimiento, todavía queda mucho camino por recorrer.

El Lenguaje Claro en el ámbito hispano

El movimiento de Lenguaje Claro también ha ido ganando fuerza en el mundo hispano, y España ha jugado un papel central en esta expansión. Desde hace dos décadas, tanto instituciones públicas como organismos privados han impulsado manuales de estilo y guías de redacción en lenguaje claro, que no solo promueven un cambio cultural en la manera de redactar, sino que también han servido de base para el desarrollo de normas internacionales como la ISO 24495-1:2023 y su adaptación española UNE-ISO 24495-1:2024.

Entre los manuales de referencia en inglés encontramos el Federal Plain Language Guidelines (EE. UU.) o el Style Guide de la Plain English Campaign (Reino Unido). En español destacan la Guía de comunicación clara del Ayuntamiento de Madrid, la Guía de lenguaje claro de la Generalitat Valenciana o la elaborada por el Gobierno de Aragón, entre otras. Estos documentos constituyen los precursores de la estandarización actual, ya que recogen recomendaciones prácticas que hoy se reconocen como esenciales para mejorar la comunicación pública.

Principales recomendaciones del lenguaje claro

Aunque cada manual tiene sus particularidades, la mayoría coincide en dividir las recomendaciones en tres grandes categorías:

  1. Visuales: relacionadas con la forma en que se presenta la información en la página o pantalla, para que resulte más atractiva y fácil de leer. Incluyen el uso de tipografía legible, espacios en blanco, negritas, cursivas, colores o destacados que guíen la lectura.

  2. Estructurales: afectan a la organización del contenido en distintos niveles (texto completo, párrafos, frases e incluso palabras). Se recomienda jerarquizar la información, dividir en párrafos cortos, usar títulos informativos, ordenar las ideas de lo general a lo particular y recurrir a listas o esquemas cuando el contenido es complejo.

  3. Formales: tienen que ver con la gramática y la elección del léxico. Aquí se insiste en utilizar palabras frecuentes, evitar tecnicismos innecesarios, preferir la voz activa frente a la pasiva y redactar frases claras y directas siguiendo el orden “Sujeto + Verbo + Complementos”.

Pese a esta clasificación, no conviene pensar que las categorías son independientes. En realidad, todas responden a un objetivo común: hacer que el texto sea más fácil de leer y comprender.

Recomendaciones más recurrentes

En el análisis comparado de estas guías, se repiten una serie de consejos que constituyen el núcleo de la práctica del lenguaje claro:

  • Escribir frases cortas, de entre 15 y 25 palabras.

  • Usar palabras simples y frecuentes, evitando tecnicismos innecesarios.

  • Eliminar redundancias y expresiones superfluas.

  • Dirigirse directamente al lector con un “usted” o un “tú”, o incluirlo con un “nosotros”.

  • Evitar el abuso de iniciales y siglas sin explicación.

  • No encadenar sustantivos mediante sintagmas preposicionales.

  • Redactar con orden lógico: Sujeto + Verbo + Complementos.

  • Usar la voz activa, en lugar de pasivas impersonales.

  • Incluir listas, tablas, gráficos o ilustraciones para presentar información compleja.

  • Ser cauteloso con los extranjerismos, especialmente con expresiones de origen latino, que suelen oscurecer el mensaje.

Estas pautas no son reglas rígidas, sino orientaciones prácticas que buscan minimizar la carga cognitiva del lector y facilitar que entienda qué se le pide o qué se le informa.

Reflexión final: de la teoría a la práctica

Las recomendaciones de los movimientos de Lenguaje Claro son, sin duda, útiles. Sin embargo, en muchos casos pueden sonar demasiado abstractas si se presentan sin ejemplos o sin acompañamiento profesional. ¿Qué significa exactamente “usar palabras simples”? ¿Cuándo una palabra es “demasiado técnica”? ¿Hasta qué punto podemos simplificar sin perder precisión?

La respuesta está en la aplicación práctica y contextualizada. Para transformar estas orientaciones en documentos realmente claros, es necesaria la intervención de equipos multidisciplinares:

  • Lingüistas y redactores especializados, que conocen cómo adaptar el lenguaje a diferentes perfiles de lectores.

  • Diseñadores UX y gráficos, que aportan soluciones visuales que facilitan la lectura y la navegación.

  • Expertos legales o técnicos, que garantizan que la claridad no compromete la precisión ni la validez jurídica.

  • Investigadores en psicolingüística, que aportan evidencias sobre cómo procesan los textos los distintos públicos.

En definitiva, el lenguaje claro no es solo un conjunto de recomendaciones, sino una práctica profesional y empírica que requiere reflexión, pruebas con usuarios y evaluación continua. Así, los principios que nacieron en campañas anglosajonas de finales del siglo XX se convierten hoy en un estándar internacional y en una oportunidad real de transformar la comunicación entre instituciones, empresas y ciudadanía.

¿Te interesa seguir aprendiendo? Te recomiendo leer las entradas sobre la norma ISO 24495-1 de lenguaje claro y las aportaciones de la Pragmática a la Comunicación Clara. Porque la claridad no es un lujo: es un derecho.