Pragmática y lenguaje claro: claves para entender el lenguaje administrativo
En este espacio comparto reflexiones y experiencias sobre la Comunicación Clara, con un enfoque práctico.
2/3/20264 min read
Cuando hablamos de lenguaje claro, solemos pensar en frases cortas, palabras sencillas o estructuras ordenadas. Sin embargo, la claridad comunicativa no depende solo de la gramática o del vocabulario. Hay algo más profundo que influye en cómo entendemos los mensajes: el contexto y los procesos de interpretación que los lectores ponen en marcha. Y es aquí donde la Pragmática —la rama de la lingüística que estudia cómo usamos el lenguaje en interacción— aporta claves decisivas para redactar y evaluar textos claros.
Un texto no significa lo mismo en todas las situaciones. Lo que entendemos depende no solo de lo que se dice, sino de lo que se da por hecho (presuposiciones), de lo que se sugiere sin decirse directamente (implicaturas) y de lo que el lector infiere a partir de su conocimiento previo e interpretación del contexto (inferencias). Por ejemplo, si una carta administrativa dice “Su expediente será revisado próximamente”, presupone que existe un expediente, implica que todavía no hay resolución, y permite al receptor inferir un plazo razonable, aunque este no aparezca explícitamente.
Principios pragmáticos: cooperación, relevancia y claridad
El filósofo del lenguaje Paul Grice propuso el Principio de Cooperación, según el cual, en una conversación, los hablantes tienden a contribuir de la forma más adecuada posible para alcanzar un propósito comunicativo común. Este principio se concreta en cuatro máximas conversacionales:
Cantidad: no decir ni más ni menos de lo necesario.
Calidad: no decir lo que se cree falso o sin pruebas.
Relación: lo que se dice tiene que ver con el tema de la conversación.
Manera: ser claro, breve y ordenado.
En el ámbito legal-administrativo, muchas veces estas máximas se incumplen. Pensemos en una notificación que dice: “En virtud de lo establecido en el artículo 34 de la Ley 39/2015, se le concede un plazo de diez días hábiles para subsanar la deficiencia observada en su solicitud”. Aquí se sobrecarga la cantidad con referencias normativas innecesarias para el ciudadano común; se vulnera la manera, porque el lenguaje es farragoso; y se compromete la relación, ya que la información relevante (qué debe hacer la persona) se diluye entre tecnicismos.
Por su parte, la Teoría de la Relevancia de Sperber y Wilson plantea que todo acto comunicativo supone un esfuerzo cognitivo para el receptor, y que el emisor debe maximizar la relevancia: ofrecer el mayor beneficio interpretativo con el menor esfuerzo posible. Aplicado al ámbito administrativo, esto implica redactar de manera que el lector entienda rápidamente qué debe hacer. Por ejemplo, en lugar de la fórmula anterior, un mensaje más claro sería: “Tiene 10 días para corregir su solicitud. Si no lo hace, quedará archivada”. Aquí se reduce la ambigüedad, se prioriza la acción y se maximiza la relevancia.
Por qué los textos legales y administrativos resultan tan difíciles
Desde el punto de vista pragmático, los textos legales presentan obstáculos específicos para la comprensión:
Son textos unívocos y escritos, por lo que no permiten pedir aclaraciones inmediatas al emisor. Esto obliga al lector a resolver dudas por sí mismo.
Carecen de contexto suficiente, lo que dificulta las inferencias. Un mismo término puede tener varias interpretaciones sin que el texto aclare cuál es la pertinente.
Usan vaguedad y generalidad de forma intencionada, para abarcar todos los casos posibles. Sin embargo, esto abre la puerta a interpretaciones ambiguas que el ciudadano no puede resolver fácilmente.
Emplean un tono impersonal y arcaico, cargado de formulismos que refuerzan la distancia entre la institución (emisor experto) y el ciudadano (receptor lego). Ejemplo: “Notifíquese al interesado lo que en derecho proceda”.
Estas características, aunque útiles desde el punto de vista jurídico (para cubrir supuestos amplios o garantizar formalidades), son barreras pragmáticas que complican la comprensión y que alejan los textos legales del ideal de lenguaje claro.
Cómo puede ayudar la Pragmática al lenguaje claro
La Pragmática ofrece herramientas concretas para mejorar la redacción y la evaluación de textos:
1. Desambiguación
Consiste en reducir o eliminar posibles interpretaciones conflictivas. Por ejemplo, en lugar de “Se comunica la denegación de la ayuda en aplicación de la normativa vigente”, se puede especificar: “Se le deniega la ayuda porque no cumple el requisito de ingresos mínimos”. Aquí se evita la ambigüedad indicando la causa exacta.
2. Enriquecimiento semántico
Se trata de añadir información contextual mínima que facilite la interpretación correcta. Ejemplo: en un contrato, en lugar de “el arrendatario deberá responder de los daños causados”, se puede escribir: “El arrendatario deberá pagar la reparación de cualquier daño que él, sus invitados o mascotas causen en la vivienda”.
3. Contextualización
Consiste en adaptar el texto a la situación real de uso. Por ejemplo, una web de trámites puede ofrecer resúmenes iniciales con preguntas directas (“¿Qué necesitas hacer?”) y guías paso a paso, dejando los textos legales completos en un segundo plano para quien los necesite.
4. Relevancia comunicativa
Aplicar el principio de relevancia implica organizar la información en torno a la acción que el lector debe realizar. Es decir, colocar lo importante primero: “Debe pagar esta tasa antes del 30 de septiembre. Puede hacerlo online o en ventanilla. Si no paga, recibirá una sanción”.
5. Evaluación pragmática
Además de medir la lecturabilidad o la comprensibilidad de un texto, se puede realizar una evaluación pragmática: comprobar si las presuposiciones, implicaturas e inferencias previstas coinciden con las que hacen los usuarios reales.
Conclusión: la pragmática como aliada del lenguaje claro
El lenguaje claro no es solo cuestión de simplificar, sino de garantizar que el lector entienda lo que debe entender en su contexto real de uso. Y ahí la Pragmática es esencial: nos recuerda que el significado no está solo en las palabras, sino en la interacción entre texto, contexto y lector.
Aplicar desambiguación, enriquecimiento semántico, contextualización y relevancia es necesario para que las personas puedan ejercer sus derechos y obligaciones. En definitiva, la Pragmática no solo explica por qué los textos legales y administrativos son difíciles de comprender, sino que también nos ofrece herramientas empíricas y prácticas para hacerlos más claros.
Si este tema te interesa, te recomendamos leer también nuestras entradas sobre Comunicación Clara: una estrategia para entendernos mejor y sobre la norma ISO 24495-1 y el lenguaje claro. Porque entender cómo funciona la comunicación ayuda a escribir de forma verdaderamente clara.
